Martina Miño Pérez
Del 18 de marzo al 10 de abril
Cien cielos es un radiante relicario de rayos. Riachuelos solares y lunares convierten lo sólido en una visión flotante: pieles o membranas vidriosas se convierten en pantallas climáticas para el interior. Cada vitral es un hechizo, un presagio, una superficie de escenas míticas, virtudes y maldiciones que se transmiten a la Tierra como síntomas, a través de la luz. Al mismo tiempo que esta muestra describe el cielo, los colores comprimidos en el vidrio catedral provienen de óxidos metálicos que nos remiten al centro de la Tierra. El verde uranio, amarillo plata, rojo oro, negro hierro, azul magnesio y crema del titanio son algunos metales pesados que ahora se expresan a través de su liquidez, transparencia y disolución. Es así como, al mirar hacia el cielo, entendemos la corporalidad de la Tierra. La imagen se abstrae hacia el interior creando nuevas presencias en el espacio. Un esplendor opalescente que transforma la sustancia sólida en una visión etérea.
Esta muestra también se contrapone al concepto de concordia o armonía, descrito por Erwin Panofsky, en el que las posibilidades contradictorias se aceptan y finalmente se reconcilian. Cien Cielos evidencia el sacrificio matérico que sucede en esa integración de polaridades, a través del fuego, la soldadura y la creación de opacidad. El espíritu puede ser un rayo de luz, pero no deja de ser “prisionero” de lo tenebroso. Los sentidos corporales la engañan, los astros demoníacos lo embrujan. Confinado en el exilio de la materia y encerrado en la mazmorra del cuerpo, concebimos el mundo, inevitablemente, a través del encierro de su reflejo.

